Santidad y santificación: comprender el camino hacia Dios
Desde los primeros siglos de la Iglesia, la santidad ha fascinado, interpelado y atraído. Encarna la aspiración profunda del ser humano a vivir en unión con Dios, a dejarse transformar por su luz y su amor. Esta búsqueda de la cercanía a Dios no es una estrella lejana reservada a unos pocos elegidos fuera del tiempo. Es aquí y ahora, en nuestra encarnación en la tierra, cuando estamos llamados a ser santos, respondiendo libre y amorosamente a Aquel que nos llama por nuestro nombre. Pero, ¿qué significa exactamente ser santo? ¿Cómo reconoce la Iglesia la santidad? Y para llegar a ser santo, hay que santificarse, es decir, seguir un lento camino de transformación interior (o metanoia), de abnegación y de crecimiento espiritual.
Estas nociones suelen confundirse o malinterpretarse, por lo que es importante definirlas. También podemos fijarnos en expresiones tan enriquecedoras como la comunión de los santos, el culto a los santos y la canonización, para comprender mejor el lugar que la Iglesia concede a estas figuras de luz en la vida del pueblo de Dios.
Comprender la santidad es también comprender al hombre en su vocación última: llegar a ser, por la gracia, lo que siempre ha estado llamado a ser: un reflejo vivo de Dios, un testigo de su amor, un hermano o hermana de Cristo, para toda la eternidad.
¿Qué es la santidad, qué es un santo?
En la tradición cristiana, la santidad se refiere a :
- la esencia misma de Dios, el "Tres veces Santo",
- la vocación del hombre creado a su imagen,
- y la realidad de los que ya viven en Dios, en la bienaventuranza eterna o en camino hacia ella.
Según el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC, §§1999-2000), solo Dios es la fuente de toda santidad. Esta afirmación se desprende directamente del primer mandamiento dado a Moisés en el monte Sinaí: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". Este precepto, grabado en la Ley, revela a un Dios único, trascendente, el único Dios verdaderamente santo, digno de un amor total e indiviso.
Y, sin embargo, en la tradición cristiana se habla de "santos", refiriéndose a hombres y mujeres que han vivido en profunda unión con Dios. ¿Cómo entender esta aparente paradoja? La respuesta se encuentra en la Escritura, en particular en la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses (1 Ts 4:3-7), donde el apóstol afirma que la voluntad de Dios es nuestra santificación. Con este término, expresa el llamado hecho a todo bautizado: vivir en fidelidad al Evangelio, conformar nuestra vida a la de Cristo, reflejo perfecto de la santidad divina.
De este modo, la santidad no está reservada a algunas almas excepcionales: es la vocación común de todos los cristianos. Se trata de dejarse transformar por la gracia, de progresar en el camino de la virtud y de dejar que la luz de Cristo brille en la propia vida. Es lo que enseña solemnemente el Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen Gentium: "Es evidente para todos que el llamado a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad se dirige a todos los que creen en Cristo, cualquiera que sea su estado o forma de vida " - Lumen Gentium, nn. 40 a 42, cap. V.
¿Quiénes son los santos?
La Iglesia católica reconoce varios criterios para discernir, tras la muerte de una persona, si esta puede ser considerada santa. Entre estos elementos de discernimiento, tres criterios esenciales nos ayudan a comprender mejor lo que significa la santidad en la fe católica:
- Fidelidad ejemplar a Dios: respeto absoluto a los preceptos de Dios, de la Iglesia y de los Evangelios.
- La práctica heroica de las virtudes: un empeño constante y notable por acoger la gracia de Dios, especialmente a través de la caridad hacia los necesitados, la humildad, un estilo de vida sencillo o una esperanza inquebrantable en la salvación.
- La realización de milagros: antes o después de su muerte, Dios puede actuar a través de estas personas para provocar acontecimientos inexplicables como curaciones, apariciones, bilocaciones, milagros eucarísticos, profecías, o dejar sus cuerpos intactos después de su muerte.
Entre todos los santos, se destacan dos categorías:
- Los mártires. Al haber muerto por o a causa de su fe, están exentos del requisito de los milagros en su reconocimiento oficial como santos de la Iglesia católica.
- Doctores de la Iglesia. Se distinguen por la excelencia u originalidad de su enseñanza espiritual.
¿Cómo se llega a ser santo?
Llegar a ser santo significa aceptar el amor de Dios.
La santidad no se adquiere con el esfuerzo personal, como una cumbre que hay que conquistar en solitario, sino que se recibe en la humildad de un corazón abierto a la gracia. A partir de ahí, toda la dificultad radica en estar abierto a la gracia de Dios. El santo no es un héroe invencible; es un pecador elevado, un ser modelado por la misericordia, un hombre o una mujer que, día tras día, elige dejarse amar y transformar por Dios. Es una forma de entrega a Dios.
Seguir a Cristo
Paso a paso, en fidelidad a los Evangelios, caminamos tras las huellas de Cristo. Significa amarle hasta el punto de intentar parecerse a Él, en la oración, en las acciones cotidianas, en la paciencia con los demás, en el perdón dado y recibido. Significa cultivar la fe, la esperanza y la caridad, no como virtudes abstractas, sino en unión con Dios.
Vivir la propia vocación
Es decir, dónde estamos, con lo que somos en nuestra vocación. Significa amar plenamente en el propio estado de vida: en el matrimonio, en la soledad, en la enfermedad, en el compromiso profesional o pastoral, en el silencio o en la acción. Como escribió santa Teresa de Lisieux: "La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer cosas ordinarias con un amor extraordinario".
Por último, significa avanzar con los demás, en la Iglesia, en la comunión de los santos, recibiendo los sacramentos, alimentando nuestras almas con la Palabra, contando con la oración y el ejemplo de quienes nos han precedido en este camino.
¿Qué es la comunión de los santos?
"Creo en la comunión de los santos": Esta proclamación, de la que se hace eco el Credo recitado cada domingo en el corazón de la liturgia, expresa uno de los misterios más profundos de la fe. Esta proclamación, de la que se hace eco el Credo recitado cada domingo en el corazón de la liturgia, expresa uno de los misterios más profundos de la fe católica, la profesión de fe a la que están unidos los creyentes, es decir, los fieles de la Iglesia. Pero, ¿qué es una "Iglesia"?
La palabra Iglesia procede del griego y significa "asamblea". Esta asamblea no se circunscribe a los límites visibles de un edificio o de una institución: trasciende el espacio y el tiempo, porque incluye a todos los bautizados, vivos y muertos, así como a los ángeles y a los santos.
Cada miembro de la Iglesia está invitado a rezar por los demás, según la tradición de la intercesión. Este apoyo mutuo en la oración es el fundamento mismo de la comunión de los santos. El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece dos interpretaciones complementarias: por una parte, la comunión con los bienes santos, es decir, con la gracia, la fe, los sacramentos y la caridad; y por otra parte, la comunión entre personas que están en camino hacia la santidad o que, ya glorificadas, viven plenamente la vida divina.
El culto a los santos ocupa un lugar especial en el corazón de esta comunión. Las Iglesias católicas y ortodoxas enseñan que es posible y fructífero rezar a los santos para que intercedan ante Dios.
¿Qué es el culto a los santos?
En la tradición católica, el culto a los santos se basa en una distinción esencial: a los santos no se les rinde culto, sino que se les venera como intercesores ante Dios. Su santidad los hace dignos de ser invocados en la oración, para que intercedan en favor de los fieles. Este culto, atestiguado ya en el siglo I, en particular en torno a la tumba de San Pedro en Roma-, ha ido siempre acompañado de la veneración de las reliquias, en un espíritu de oración. Siempre se ha respetado profundamente la distinción entre el culto debido solo a Dios (latria) y el reservado a los santos (dulia).
Católicos y ortodoxos comparten esta veneración, aunque con enfoques distintos: los católicos han instituido un riguroso procedimiento canónico, dirigido por el Papa, mientras que los ortodoxos se basan en la piedad popular y los sínodos locales, concediendo un lugar especial a las imágenes. La Reforma protestante, en cambio, rechaza este culto, afirmando, en nombre del Solus Christus, que solo Cristo debe ser invocado como mediador.
¿Qué es la canonización?
La palabra canonización procede del griego kanôn, que significa "regla". San Pablo la utiliza en su carta a los Gálatas (6:16) para designar las normas de la vida cristiana. Hoy en día, la canonización es el proceso oficial por el que la Iglesia católica reconoce públicamente a una persona como santa y digna de servir de ejemplo a todos los fieles.
Es esencial señalar que la canonización no confiere la santidad: atestigua su existencia, según los signos y frutos reconocidos de la vida de la persona en cuestión. Pues solo Dios conoce perfectamente a los que están en la gloria del Cielo. Este largo y riguroso proceso lo lleva a cabo el Dicasterio para las Causas de los Santos.
Comprende seis etapas:
- la etapa diocesana: En la diócesis en la que vivía la persona, que debe haber fallecido, el obispo nombra a un postulador, una especie de abogado encargado de llevar a cabo una investigación exhaustiva para establecer, mediante testimonios y hechos, las virtudes heroicas del candidato a la canonización.
- el tribunal de la causa de santificación: si el obispo considera creíble la causa, organiza un examen riguroso: el postulador se enfrenta a un promotor de justicia. Una comisión de expertos, tanto históricos como teológicos, analiza también el caso. Al final de esta fase, se sellan los testimonios, lo que permite a la causa proseguir su camino hacia Roma.
- La etapa romana: el postulador redacta un expediente llamado Positio, que reúne todas las pruebas a favor de la santidad del candidato. Este documento es examinado por una comisión y transmitido a los miembros de la Congregación para las Causas de los Santos.
- Proclamación del decreto sobre la heroicidad de las virtudes: si las conclusiones de la Congregación son favorables, el Papa puede promulgar un decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes - o el martirio - del candidato. El candidato recibe entonces el título de Venerable.
- Beatificación: el Papa puede proclamar la beatificación de un venerable, declarándolo Beato, cuando un milagro atribuido a su intercesión es confirmado por un comité de expertos.
- Canonización: es la última etapa del proceso. Valida oficialmente la santidad del Beato, tras el reconocimiento de al menos un segundo milagro por un comité de expertos. El Papa proclama entonces al nuevo santo, que puede ser venerado por toda la Iglesia católica. A menudo, esta proclamación conlleva un mensaje particular que el Papa desea transmitir a toda la comunidad cristiana.
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