Espiritualidad ignaciana y meditación

Tras haber experimentado la presencia de Dios en su vida, San Ignacio de Loyola desarrolló hábitos para conducir su alma a Dios. Los Ejercicios Espirituales recogen los consejos prácticos del jesuita para quien desee dejarse transformar por la palabra de Dios. En la espiritualidad ignaciana, la meditación y la contemplación son un fundamento esencial para una vida de oración cristiana.

"Los Ejercicios son una oportunidad privilegiada que Dios ofrece a las personas para escuchar al Espíritu Santo con el fin de encontrar las respuestas adecuadas a las preguntas específicas de la situación de cada persona" (San Juan Pablo II).

Introducción a la espiritualidad ignaciana

En sus Ejercicios Espirituales, el fundador de la Compañía de Jesús describe una serie de oraciones y meditaciones basadas en los Santos Evangelios. Al igual que el cuerpo necesita ejercicio físico para mantener una buena salud, así nosotros necesitamos ejercitar nuestras almas en la práctica de la meditación para desarrollar nuestra libertad interior y unirnos a Dios a través de un encuentro personal con Él. El objetivo de estos ejercicios es conducir nuestra alma a la vida eterna, encontrar la salvación, dejándonos transformar por la muerte y la resurrección, a imagen de la pasión de Cristo.

Estos ejercicios son una experiencia espiritual que consiste en una sucesión de contemplaciones sobre los Santos Evangelios y meditaciones escritas por el propio San Ignacio. El objetivo es permitir a los fieles acoger el amor de Dios en sus vidas, desarrollar una relación íntima con Cristo y ordenar sus vidas siguiendo el ejemplo de Jesucristo. Así lo describe San Ignacio:

"Por la expresión «ejercicios espirituales» se entiende toda forma de examinar la conciencia, meditar, contemplar, rezar con la voz y mentalmente, y otras operaciones espirituales, como se explicará más adelante. Del mismo modo que pasear, caminar y correr son ejercicios corporales, también se denomina "Ejercicios espirituales" a cualquier forma de preparar y disponer el alma para apartar de sí todos los apegos desordenados y, una vez apartados, buscar y encontrar la voluntad divina en la disposición de su vida con vistas a la salvación de su alma". (Ejercicios espirituales §1)


Descubre ejemplos de ejercicios ignacianos para la purificación del alma, la humildad, el amor y el discernimiento.

Meditación y contemplación, un camino hacia Dios

La contemplación y la meditación son los pilares fundamentales de la espiritualidad de San Ignacio. Meditando la Biblia, podemos observar a Dios obrando en nuestros corazones y escuchar lo que tiene que decirnos. En la meditación ignaciana, leemos un pasaje del Evangelio y luego observamos lo que sucede en nuestro corazón, en nuestros afectos. De este modo, podemos sumergirnos enteramente en la vida de Cristo, comprometiendo todos nuestros sentidos y todo nuestro ser. A diferencia de otras prácticas meditativas, como la meditación de atención plena, este método de introspección no sugiere que miremos hacia dentro para permanecer en nosotros mismos, sino todo lo contrario. A través de la meditación ignaciana y de la meditación cristiana en general, se nos llama al silencio para dar el mayor espacio posible a la primera persona de nuestras vidas: Dios.

A través de este recogimiento, poco a poco nos llenamos de su presencia y de su Espíritu Santo, lo que nos permite obtener numerosos frutos en nuestras vidas. Estos frutos pueden manifestarse de diversas maneras, a través de la alegría, la paciencia, la castidad, etc.

Meditando la vida de Jesús, podemos tener un encuentro profundamente conmovedor y transfigurador con el rostro de Cristo resucitado.

Una excelente manera de conocer la espiritualidad de San Ignacio de Loyola es dedicar un tiempo cada día a la meditación, en particular a través de meditaciones guiadas.

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