La contrición en el proceso de reconciliación
Arrepentimientos, remordimientos, culpas… Eso es lo que habita en un corazón contrito. A menudo asociada a la confesión, a través del acto de contrición, la contrición es un estado del corazón esencial en el proceso de reconciliación. Junto con el arrepentimiento y la penitencia, constituye el punto de partida de toda conversión y de una transformación interior que conduce a una relación restaurada consigo mismo, con los demás y con Dios.
¿Qué es la contrición?
Definición de la Iglesia católica
La Iglesia católica define la contrición como un "término teológico antiguo [que] suele designar el arrepentimiento del pecado en sí mismo. No se trata de un simple pesar o de un simple remordimiento, sino del arrepentimiento, de una conversión".
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, se trata de "la tristeza del alma y el rechazo del pecado cometido, con la resolución de no volver a pecar". ( art. 1452).
La contrición en la Biblia
Etimológicamente, "contrición" proviene del latín contritus, que significa "machacado". Esto nos remite a estas palabras del Salmo 50, a través de las cuales el rey David expresa su dolor y su arrepentimiento por haber pecado contra Dios: "El sacrificio que agrada a Dios es un espíritu contrito; tú, "oh Dios mío, no rechazas un corazón contrito y abatido".
En la Biblia abundan los llamados a la contrición. "Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de tus amenazas". (Joel 2:13)
Dios ama a los corazones pobres y humildes, que se reconocen pecadores. A ellos les revela su misericordia y su amor infinito.
Un ejemplo muy bonito de contrición en la Biblia es la parábola del hijo pródigo que cuenta Jesús en el Evangelio de Lucas. Este relato ilustra que la contrición implica, en efecto, un retorno, un cambio de vida.
(Lee el relato de esta parábola)
Las etapas de la reconciliación
La reconciliación es un proceso, un camino tanto en nuestras relaciones humanas como en nuestra relación con Dios. La contrición es una de sus etapas.
El reconocimiento del pecado
La primera etapa consiste en saber reconocer nuestra falta. Se trata de analizar con objetividad nuestra persona, nuestros comportamientos, nuestras acciones y nuestros pensamientos, y saber reconocer aquello que haya podido dañar nuestra relación con los demás, con nosotros mismos y con Dios. Más allá de un pecado concreto, es bueno realizar regularmente un ejercicio de reflexión sobre el día para identificar lo que nos ha alejado de Dios. Sin culpa, pero con honestidad, pues, como dice san Juan en su primera carta: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros". (1 Juan 1:8).
(Sin sentir culpa, descubre por qué la confesión es esencial en la vida cristiana.)
(Descubre más sobre los diferentes tipos de pecados)
La contrición y el arrepentimiento
El segundo paso, tras haber reconocido el pecado, es arrepentirse de él. No se trata simplemente de aceptar la idea de haber pecado, sino de sentir remordimiento por ello. Este paso es importante para que el resto del proceso se desarrolle con sinceridad, condición esencial para una verdadera reconciliación. Si no sentimos ese arrepentimiento, podemos confiar esto a Dios en la oración para que su Espíritu nos ayude a discernir si ha habido o no pecado y cuál es su naturaleza.
La confesión
La confesión consiste en reconocer la propia falta y arrepentirse ante alguien: ante Dios (directamente o a través de un sacerdote en el sacramento de la reconciliación) o ante la persona ofendida. Es un acto de humildad y confianza, ya que nos mostramos vulnerables. Pero es precisamente esta vulnerabilidad la que nos permite acoger el perdón que sana y restaura. "Confiesen mutuamente sus pecados y oren los unos por los otros, para ser curados. La oración perseverante del justo es poderosa". (Santiago 5:16).
Para profundizar:
¿Cuándo confesarse?
¿Y cómo confesarse en la práctica?
La petición de perdón
La confesión va acompañada de la petición de perdón. Esta petición pone de manifiesto la voluntad de reparación y reconciliación. Como cualquier petición, debe respetar la libertad del otro. Si sabemos que Dios es misericordia y que puede perdonarlo todo, debemos aceptar que la persona a la que hemos ofendido pueda necesitar tiempo para acoger nuestra petición y poder concedernos su perdón pleno. A veces somos nosotros quienes necesitamos tiempo para perdonarnos a nosotros mismos.
También en este caso, podemos confiar al Señor nuestras peticiones de perdón, así como a la persona a la que se las hemos dirigido.
El perdón
Pedir perdón es también aceptar concederlo a quienes nos han ofendido. Si yo mismo no sé perdonar, no puedo acoger el perdón del otro. Esta reciprocidad queda bien reflejada en la oración del Padrenuestro:
La Biblia también nos recuerda que no podemos negar a los demás lo que Dios mismo nos ofrece tan generosamente, como en este versículo de san Pablo en la carta a los Efesios: "Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo". (Efesios 4, 32) o en la parábola del siervo despiadado del capítulo 18 del Evangelio según San Mateo.
El restablecimiento de la relación
Todas estas etapas permiten que el perdón se conceda y se reciba, y así la relación pueda repararse. Sin embargo, esto no siempre ocurre de la noche a la mañana. Requiere paciencia y también perseverancia. Hay que esforzarse por restablecer la confianza y la comunicación.
Es el momento de analizar también cuáles son los malos hábitos que hay que abandonar y los comportamientos que hay que cambiar.
El compromiso de vivir en paz
Todo este proceso da sus frutos. Nos conduce hacia relaciones más sólidas, una paz interior más profunda y una vida más arraigada en Jesús. También puede ser la ocasión para una transformación interior radical, que cambie nuestra forma de ver el mundo y de actuar.
¿Qué es el acto de contrición?
El acto de contrición es el nombre de la oración que recita la persona que acude a confesarse durante el sacramento de la reconciliación.
Estas son sus palabras:
"Dios mío, lamento profundamente haberte ofendido, porque eres infinitamente bueno, infinitamente amoroso y el pecado te desagrada. Tomo la firme resolución, con la ayuda de tu santa gracia, de no ofenderte más y de hacer penitencia. Así sea".
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