Ayúdanos a hacernos servidores de todos. Meditación P. Juan Manuel Beltrán

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17 de octubre de 2021

Lectura del Santo Evangelio según san Marcos (10, 35-45)

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». El les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?». «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados». 

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud»”. Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

El Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud. Jesús, tú no viniste para que te sirviéramos sino para servirnos. Gracias Jesús, porque siendo Dios te pones al servicio de la humanidad. Así como durante tu ministerio publico te la pasaste sirviendo a quienes estaban a tu lado, hoy continuas sirviéndonos.

El Padre Dios te envió para liberarnos del mal que nos esclavizaba, y para librarnos de nuestras esclavitudes te hiciste nuestro esclavo. Jesús esclavo. Jesús, te hiciste esclavo por nosotros. Tú no vienes a ocupar el primer puesto sino el ultimo puesto. Tú no esperas que te sirvamos sino que nos dejemos servir por ti. Tú no esperas a que nos arrodillemos ante ti para darte tributo, sino que eres Tú quien te arrodillas ante nosotros, pobres pecadores para servirnos, para darnos tu vida, para perdonarnos, para librarnos de nuestras esclavitudes.

Definitivamente tu amor no tiene medida, nos amas sin medida, nos amas no porque lo merezcamos, nos amas porque somos frágiles. Has venido a este mundo y has asumido nuestras fragilidades para compadecerte de nosotros: “En efecto, no tenemos un sumo sacerdote que no sea capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos, puesto que él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado” (Hebreos 4, 15).

Una de los momentos duros por los que pasaste, fue estando en el Monte de los Olivos, cuando horas antes de recibir una injusta condena de una muerte en cruz, orabas al Padre diciendo: “Si quieres, aparta de mi este cáliz, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú”. Tú sabías  que te espera un cáliz duro y amargo, por eso, antes que confiar en tus propias fuerzas,  confiaste totalmente en el Padre Dios; no como tus discípulos Santiago y Juan, quienes sin tener idea del cáliz por el que debías pasar, cuando les preguntaste si eran capaces de beber el cáliz que tu beberías, inmediatamente y sin pensarlo dos veces, te respondieron “si somos capaces”. Ellos no tenían ni idea que los puestos que estaban pidiendo a tu derecha y a tu izquierda, correspondían al lugar que ocuparían los dos ladrones que contigo fueron crucificados, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Estos sufrimientos por los que pasaste no fueron vanos. Como el profeta Isaías lo anunció: “con sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos” (Isaías 53, 11). Gracias Jesús por justificarnos. Gracias porque con tu sangre pagaste nuestras deudas. Gracias porque tu sangre ha sido derramada para el perdón de los pecados. Gracias por venir a servirnos, gracias por dar tu vida en rescate por muchos.

Nosotros, tus discípulos de hoy, que como los hijos de Zebedeo, también quisiéramos ocupar los primeros puestos, te pedimos que vengas y nos rescates de las vanaglorias de este mundo. Líbranos de las glorias vanas, engañosas, que nos llevan a la perdición. Pon en nuestros corazones el anhelo de las verdaderas glorias, la gloria de tu trono, tu trono que es gracia, misericordia, servicio: “nos acercamos, por tanto, con plena confianza al trono de tu gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno” (cfr. Hebreos 4,16). Amén.

 Jesús, en ti confiamos.


Je prends un instant pour méditer toutes ces choses dans mon cœur (cf Luc 2,19)

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Que vos paroles soient toujours bienveillantes, qu’elles ne manquent pas de sel, vous saurez ainsi répondre à chacun comme il faut. Col 4 : 6

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