Sígueme. Meditación dominical p. Juan Manuel Beltrán

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10 de octubre de 2021

Lectura del Santo Evangelio según san Marcos (10, 17-27)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.

Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven''. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes.

Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Hoy, como el joven rico, somos cada uno de nosotros los que corremos y nos acercamos a Ti, Jesús; y también nos arrodillamos ante Ti y te preguntamos: ¿Qué tenemos que hacer para heredar la vida eterna? ¿Qué tenemos que hacer para encontrarle sentido a la vida? ¿Qué tenemos que hacer para ser felices y hacer felices a quienes están a nuestro lado?

Y Tú, Jesús, también nos responderás: “ya sabes los mandamientos”. A veces los hemos cumplido, otras veces no, pero en general hemos tratado de ser buenos, de hacer las cosas lo mejor que podemos. Sin embargo, como a aquel joven, Tú también puedes decirnos: “sólo una cosa te falta”. Pero antes, Tú miraste con amor a este hombre. Tu mirada siempre es amorosa y misericordiosa; tu mirada no juzga ni desprecia. Para saber lo que nos hace falta, necesitamos mirarnos a nosotros mismos, examinar nuestra vida y nuestra existencia, pero mejor si lo hacemos, no con nuestros propios ojos, quienes podrían ser duros e inmisericordes, sino con los tuyos. Tu mirada es profunda y penetra el corazón, tu mirada, así como tu Palabra, “llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón”. Ante Ti no necesitamos usar máscaras, ni defendernos o justificarnos por lo que hemos hecho o dejado de hacer. Tú ves lo que hay en nosotros, lo que somos y hemos sido, ves lo bello y lo no bello que llevamos dentro. Míranos con tu amor y misericordia y dinos qué nos hace falta para heredar la vida eterna.

Al corazón de aquel hombre del Evangelio le hacía falta desapegarse de las riquezas en las que había puesto su confianza; ¿nuestro corazón a qué se ha apegado? ¿en qué y en quién hemos puesto nuestra confianza? Quisiéramos solo confiar en Ti, pero a veces preferimos poner la confianza en nuestras propias fuerzas, habilidades o capacidades, olvidándonos que de Ti las hemos recibido; y cayendo en la autosuficiencia, en el perfeccionismo, en las apariencias, en los estreses de la vida, a veces inútiles e innecesarios, por querer tener todo bajo nuestro propio control. Jesús, si permitimos que seas Tú quien lleves el control de nuestras vidas, la vida será más placentera y más bella, si bien no faltaran las dificultades, será mejor afrontarlas contigo que luchar solos. Jesús, que no se nos olvide que “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Jesús, ayúdanos a confiar en Ti, enséñanos a confiar en Ti. Jesús, en Ti confiamos. Amén


Je prends un instant pour méditer toutes ces choses dans mon cœur (cf Luc 2,19)

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Que vos paroles soient toujours bienveillantes, qu’elles ne manquent pas de sel, vous saurez ainsi répondre à chacun comme il faut. Col 4 : 6

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La Divina Misericordia en mi alma