Dios los creó hombre y mujer. Meditación dominical p. Juan Manuel Beltrán

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Dios los hizo hombre y mujer

3 de octubre de 2021

Lectura del Santo Evangelio según san Marcos (10, 2-12)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”

Él les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”. Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa? Esta es la pregunta que te hacen los fariseos, no tanto porque no lo sepan, pues conocen muy bien ley judía y saben que ésta permitía el divorcio. Pero Tú, Jesús, vas más allá de la ley o de las normas; o mejor, tu única ley, tu única norma, es la ley del amor. Por amor Dios Padre nos creó a su imagen y semejanza; y al crearnos, plasmó en cada uno de nosotros la capacidad de amar, de salir de nosotros mismos y de vivir con los otros y para los otros, de dar la vida por los demás. Por eso, quien vive solo para sí mismo y pensando solo en sus propios asuntos, termina por ahogarse en el veneno de su propio egoísmo.

Tú, Jesús, viniste a este mundo, no para llevar a cabo tus proyectos personales, sino para llevar a cabo los proyectos de tu amado Padre Celestial. Por eso, durante tu existencia terrena siempre te ocupaste de las cosas del Padre Dios y de tus hermanos. Nunca estabas solo. Si te retirabas a un lugar solitario, no era para aislarte, sino para encontrarte con tu querido Padre Celestial; y en este encuentro personal con tu Padre, presentarle nuestras necesidades y las necesidades de toda la humanidad. Cuando sales por las calles o recorres los campos o viajas en la barca, gozas compartiendo tu vida con tus discípulos, con la gente, con los enfermos, con los más necesitados de tu misericordia. Viniste a este mundo por amor, viviste amando y dejaste este mundo, muriendo por amor.

Morir por amor, dar la vida por amor, soportar la cruz y los desprecios por amor. Que grande lección la que nos dejaste. Amar, a veces no es fácil. A veces, a nosotros los humanos, nos es más fácil querer a una mascota que amar al hermano; y sobre todo si este hermano es diferente, diverso, o se equivoca, o incluso hasta llega a ofendernos. Tú, en medio de las ofensas, no dejaste de amar. Los fariseos comenzaron a tramar la muerte contra ti, porque pensabas diferente, porque Tú preferías poner en primer lugar a la persona humana y luego a la ley. Hoy, a nosotros nos puede pasar lo mismo que a los judíos de aquel tiempo: nuestro corazón en vez de ser carne, se vuelve un corazón de piedra, duro, resentido, herido, incapaz de amar. Por eso, Tú les respondiste: “Moisés prescribió esto (lo de aceptar el divorcio), debido a la dureza del corazón de ustedes”.

Jesús, hoy Tú nos recuerdas que así no era al principio, que tu Padre Dios nos creó para vivir unidos por siempre, que hombre y mujer nos creó y que el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. Dios nos creó para ser felices, no para vivir amargados. Sin embargo, por la dureza de nuestro corazón, además de amargarnos la vida, se la amargamos y nos la dejamos amargar por quienes están a nuestro lado.

Jesús, toma todo lo que hay en nuestro corazón, tanto de carne como de piedra, toma la bondad y la dureza que hay en ellos. Toma nuestro corazón herido, incapaz de amar. Toma nuestra historia y transfórmala. Si hemos vivido momentos en los cuales nos hemos sentido rechazados, despreciados, pisoteados en nuestra dignidad, toma esos momentos dolorosos y con tu poderosa misericordia transfórmalos en ocasión de perdón, de bondad, de paz, de misericordia.

También te pedimos que nos defiendas del divisor, del que divide, del que quiere vernos separados, aislados, infelices. Te entregamos las familias rotas y descompuestas; y te pedimos que recompongas los lazos rotos, desates los nudos que nos impiden aceptarnos, comprendernos, perdonarnos, amarnos mutuamente. Hoy, contigo Jesús y con tu gracia, queremos y nos proponemos vivir lo que Dios Padre ha soñado desde el principio. Dios ha soñado lo mejor para cada uno, lo que nos hace plenamente felices; somos nosotros, los que por nuestra dureza y terquedad dañamos los proyectos divinos y terminamos por malograr nuestras vidas y la de quienes nos rodean.

Ayúdanos, Jesús, a secundar en nuestros corazones, en nuestras familias y en nuestras comunidades, los proyectos amorosos de Dios nuestro Padre, poniendo en segundo plano nuestros propios intereses y priorizando los deseos de Dios, lo que nos hace plenos, auténticos, felices. Amén.

 Jesús, en Ti confiamos.

Je prends un instant pour méditer toutes ces choses dans mon cœur (cf Luc 2,19)

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Que vos paroles soient toujours bienveillantes, qu’elles ne manquent pas de sel, vous saurez ainsi répondre à chacun comme il faut. Col 4 : 6

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