El Padre Nuestro explicado

La oración del Padre Nuestro enseñada por Cristo mismo a sus discípulos es la base de la relación entre los cristianos y Dios Padre. En pocas frases, reúne las siete peticiones esenciales que podemos formularle. Para recitarlo con todo nuestro corazón, es importante entender cada oración. Aquí hay explicaciones para hacer suya la oración de los hijos de Dios.

La oración del Padre Nuestro comentada

Padre nuestro que estás en el cielo

Comenzamos dirigiéndonos a Dios como "Nuestro Padre". Haciéndolo así nos reconocemos como una asamblea, una comunidad, una Iglesia. Estamos comprometidos con nuestros seres queridos, con todos nuestros hermanos cristianos. La palabra "Padre" subraya nuestro vínculo filial con Dios: nosotros nos reconocemos como hijos de Dios. Es una palabra sencilla y directa, pero también está llena de afecto y amor. La expresión "Que estás en el cielo" nos invita a reconocer que Dios no es un padre terrenal, radicalmente diferente de nosotros nos permite alabar su grandeza. Según Santo Tomás de Aquino, esta expresión nos da en el momento de la oración un motivo de confianza: descansamos en el poder de Dios, su presencia íntima en nuestros corazones.

Santificado sea tu nombre

Con esta oración, le pedimos a Dios que se dé a conocer como quien es realmente: un Dios santo. "Santo" significa tres cosas: lo que es consistente, inquebrantable; no es terrenal; y lo que es lavado del pecado por la sangre de Cristo.
Santo Tomás de Aquino asocia cada petición del Padre Nuestro con un don del Espíritu Santo y una bienaventuranza. Esta primera petición está asociada con el don del temor de Dios y de la bienaventuranza: "Bienaventurados los pobres de corazón, porque de ellos es el reino de los cielos".

Venga a nosotros tu reino

Esta segunda solicitud es particularmente fuerte. El reino de Dios ya vino una vez a la tierra y se manifestó en Jesús: el único hombre en quien Dios reinó por completo. Cuando pronunciamos la frase "Venga a nosotros tu reino", le pedimos a Dios que extienda su Reino a toda la tierra y que libere nuestros corazones del pecado.
Santo Tomás de Aquino, en su libro Suma Teológica, explica la interacción que se crea entre nosotros y Dios durante la recitación de las dos primeras peticiones del Padre Nuestro: “Nuestro fin es Dios, hacia quien el movimiento de nuestro corazón se da de dos maneras. Queremos su gloria y queremos disfrutar de esa gloria. Es ante todo la predilección que tenemos por Dios mismo, y luego aquello por lo que nos amamos nosotros mismos en Dios. De ahí nuestra primera solicitud para que su nombre sea santificado; expresa nuestro deseo por la gloria de Dios. Y la segunda,  venga a nosotros tu reino por la cual pedimos alcanzar la gloria de Dios y de su reino”.
Esta segunda solicitud está asociada al don de la piedad y la bienaventuranza: "Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra".

 Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo

La tercera y última solicitud de la oración del Padre Nuestro es un acto de abandono al Señor. Él solo sabe lo que es mejor para nosotros, porque es el único que puede guiarnos. Al rezar el Padre Nuestro, aceptamos confiar en Él y poner nuestras vidas en sus manos. Esta frase fue pronunciada por el mismo Jesús, en el momento de la agonía ante su muerte inminente: “¡Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz! Sin embargo, que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22-42).
Estamos llamados a aceptar y observar plenamente la voluntad de Dios, su plan para nuestra salvación. Le pedimos su ayuda divina para alcanzar lo que sea bueno para nosotros.
Esta tercera solicitud está asociada con el don de la ciencia y a la bienaventuranza: "Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados".

Danos hoy el pan de cada día

En el corazón de estas demandas divinas hay una demanda mucho más simple y más humana: la de los alimentos. Pedir el pan es reconocer nuestra humilde humanidad después de haber alabado a un Dios poderoso y celestial. Le pedimos al Señor el pan necesario para nuestra vida: no es solo alimento para el vientre, sino también alimento para el alma, para el espíritu. El cristiano también vive del pan de la Palabra, el pan de la Eucaristía: Jesús es el "pan vivo que descendió del cielo" (Juan 6,51). El pan tiene un valor muy simbólico en todo el Evangelio: desde el Antiguo Testamento hasta la Última Cena, el pan representa el don de Dios para el hombre.
Esta cuarta solicitud está asociada con el don de la fortaleza y la bienaventuranza: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados".

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Si las solicitudes anteriores se relacionaban con bienes útiles para llevarnos a alcanzar la vida eterna, a partir de este pasaje de la oración, todas consisten en obstáculos que deben evitarse para alcanzar esta meta. Esta frase del Padre Nuestro nos invita a un doble perdón: pedir perdón a Dios por nuestros pecados y reconocerlos, pero también lograr perdonar a los demás. Dios y Jesús son amor: sin perdón no hay amor. El perdón es una condición necesaria para que podamos continuar nuestro camino hacia la santidad. El perdón humano tiene sus raíces en el perdón divino: cuando luchamos por perdonar, ¡le pedimos ayuda a Dios!
Esta quinta solicitud está asociada con el don del consejo y la bienaventuranza: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia".

No nos dejes caer en tentación.

La tentación es el segundo obstáculo que nos aleja de la santidad. Esta frase del Padre Nuestro es la única formulada negativamente.
¿Qué es la tentación? Tentar es probar o poner a prueba. Cuando el hombre es tentado, es su virtud la que se pone a prueba, para ver si se apresura a hacer el bien. También puede ser incitado al mal: resistirlo es mostrar una gran virtud. La tentación no es pecado: el pecado es consentir y sucumbir.
Jesús mismo fue tentado muchas veces, siendo su tentación más ampliamente citada la que experimentó durante sus 40 días en el desierto. La tentación es parte del camino del que sigue a Cristo: debemos luchar para mantener nuestra virtud. “Velad y orad para que no caigáis en  tentación; que el espíritu está  pronto, mas la carne es débil” (Mateo 26,41). Jesús nos da la forma más efectiva de no sucumbir a la tentación: la oración. Es a través de la oración que nos acercamos a Cristo, y es a través de la oración que podemos encontrar la fuerza para distanciarnos del mal. Así, la tentación nos empuja a luchar y, paradójicamente, nos acerca a Dios al hacer que la oración sea esencial para nosotros y al hacernos vivir las mismas pruebas que las de Jesús. La oración no es para proporcionarnos una especie de "remedio" contra la tentación, sino para darnos el coraje de superar esta prueba, mientras nos abrimos a Dios y confiamos en Él.
Esta sexta solicitud está asociada con el don del entendimiento y la bienaventuranza: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

  Y líbranos del mal  

La última solicitud del Padre Nuestro no es trivial y constituye la culminación de esta hermosa oración: "Líbranos del mal" es pedir la liberación de todo lo que nos aleja de Dios, es resumir Toda la dificultad y la esencia de la guerra espiritual en una oración. Dios es el único que tiene el poder de liberarnos del mal, con la ayuda de Jesús, quien oró por todos los hombres: "Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno" (Juan 17:15).
Esta séptima solicitud está asociada con el don de la sabiduría y la bienaventuranza: "Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios".

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