El servidor de todos. Meditación dominical p. Juan Manuel Beltrán

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El servidor de todos

XXV Domingo del t.o.

19 de septiembre de 2021

Lectura del Santo Evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Querido Jesús, en la Palabra que hoy, te contemplamos como el Siervo del Padre Dios y el Siervo de la humanidad.

Tú eres el Siervo de Dios, anunciado por los profetas. Isaías, refiriéndose a ti, coloca en los labios del Padre Dios estas palabras: “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma” (Isaías 42, 1), y en otro pasaje agrega: “Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande. así como muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano” (Isaías, 52, 13-14).

Tu triunfo y tu exaltación no fue como los triunfos de este mundo, donde prevalece el poder, el dominio, muchas a veces a costa de la opresión a los más débiles; no, tu triunfo, a los ojos de este mundo, fue un fracaso. El pedestal en el cual fuiste elevado, fue la cruz, y en ella tu rostro y tu cuerpo estaban tan desfigurados, que tu aspecto no era el de un hombre y tu apariencia no era más la de un ser humano.

Y en el momento en el que padecías clavado en la cruz, se cumplían las palabras del Libro de la Sabiduría: “Veamos si es cierto lo que dice, vamos a ver qué le pasa en su muerte. Si el justo es hijo de Dios, él lo ayudará y lo librará de las manos de sus enemigos. Sometámoslo a la humillación y a la tortura, para conocer su temple y su valor. Condenémoslo a una muerte ignominiosa, porque dice que hay quien mire por él'' (Sabiduría 2, 17-20).

En más de una ocasión les habías anunciado a tus discípulos que serías entregado en manos de los hombres; que te darían muerte, y que tres días después de muerto, resucitarías; pero los discípulos no alcanzaban a entender ni a aceptar esta dura realidad; cómo era posible que, el Maestro, el Mesías, el Cristo, sufriera de ese modo. Por eso, cuando Tú les hablabas de la muerte ignominiosa por la que tendrías que pasar, tus discípulos no te hacen ninguna pregunta y mejor prefieren hablar de otra cosa. A veces, a nosotros también nos pasa que cuando no podemos aceptar algo, tampoco lo entendemos y ni nos preocupamos por entenderlo, mejor preferimos hablar de otra cosa.

El otro tema del cual tus discípulos se pusieron a discutir, fue quién de ellos era el más importante. Seguramente ellos se imaginaban que siendo Tú el Mesías, gobernarías con cetro de hierro, sometiendo a los pueblos vecinos que los tenían opresos, y ellos ocuparían algún puesto importante en tu gabinete de gobierno. Ellos, como nosotros hoy, no alcanzamos a entender la forma con la cual Tú gobiernas. Tú gobiernas sirviendo, haciéndote siervo, haciéndote el más pequeño, el último, soportando la humillación y el desprecio, con tal de salvarnos a todos, porque no quieres que ni siquiera uno se pierda.

Horas antes de tu pasión, cuando estabas en la última cena con tus apóstoles, Pedro y tal vez también los otros Apóstoles, tampoco alcanzaron a entender que Tú, siendo el Maestro, te pusieras a hacer lo que hacían los esclavos de aquel tiempo, es decir, arrodillarse ante ellos para lavarles los pies. Tú, Jesús, hoy te sigues arrodillando delante de cada uno de nosotros para suplicarnos que nos dejemos lavar los pies, que nos dejemos amar y servir por Ti, que nos dejemos salvar con la infinita misericordia que a cada instante nos ofreces.

Te pedimos Jesús, que nos ayudes a dejarnos servir por Ti, y que a través nuestro, Tú puedas seguir sirviendo a nuestros hermanos; que con tu ayuda y tu gracia también sepamos arrodillarnos ante los más necesitados, lavarles sus pies y curar sus heridas, sin favoritismos ni exclusiones, sino preocupándonos por todos, ofreciéndoles lo que somos y lo que tenemos, dándonos y desgastándonos por nuestros hermanos como lo hiciste Tu, hasta el punto de morir en la cruz por amor a nosotros y a tu amado Padre Celestial. Amén. Jesús, en Ti confiamos.

Je prends un instant pour méditer toutes ces choses dans mon cœur (cf Luc 2,19)

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Que vos paroles soient toujours bienveillantes, qu’elles ne manquent pas de sel, vous saurez ainsi répondre à chacun comme il faut. Col 4 : 6

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La Divina Misericordia en mi alma