Domingo 5 de septiembre, ¡EFFETÁ!

Domingo 5 de septiembre, ¡EFFETÁ!

Domingo 5 de septiembre, ¡EFFETÁ!

Por Juan C. Martínez

 

Evangelio según San Marcos 7,31-37:

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis.

Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él.

Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua.

 Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «¡EFFETÁ!», que quiere decir: “¡ÁBRETE!”.

Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.

Jesús les mandó que a nadie se lo contaran.

Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban.

Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos». 

 

Reflexión

 Situémonos.

La Decápolis era un conjunto de diez ciudades que comprendían una vasta área del norte y centro de las actuales Siria, Jordania e Israel.

Por lo tanto más que atravesar la Decápolis, desde Tiro y por Sidón (en la actual Líbano) hasta el mar de Galilea, lo que hizo Jesús fue una gira por esta región, en la cual no cabe la menor duda de que se produjeron muchos milagros y las gentes lo seguían y lo esperaban.

Este hecho milagroso de la sanación del sordo medio mudo, contiene una enseñanza fundamental.

Sí, se puede tener una incapacidad física que nos limita y Jesús te puede sanar si Él quiere y sobre todo si tu quieres y tienes absoluta FE en Él.

Pero su palabra en arameo EFFETÁ, ese gemido o grito al cielo que significa ABRETÉ, va más allá de abrir los ojos y soltar la lengua física de una enfermedad o un impedimento.

Jesús lee en nuestro corazón y sabe perfectamente lo que nos hace sordos y mudos, conoce nuestras limitaciones más intimas, las que no nos dejan abrirnos a Dios, a los demás y hasta a uno mismo en sus profundidades más oscuras.

Muchas veces permanecemos encerrados en nuestras cegueras inútiles, nuestros miedos y silencios internos que nos están dañando, bien por no molestar, por educación, o por ser políticamente correctos, tal vez, no nos atrevemos a manifestar lo que de verdad llevamos dentro de nosotros, lo que de verdad sabemos que es verdad y entonces nos sentimos frustrados, limitados, lisiados y no tenemos el valor de abrirnos, de despegar, de salir de las profundidades que nos ahogan para poder liberarnos a cielo abierto.

Esto puede causarnos hasta problemas de carácter físico también.

EFFETÁ, ábrete, que hermosa palabra de liberación, de sanación, de abandono en Dios, de plena confianza en Jesús, sin temor ninguno.

«Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Esto se decían unos a otros maravillados de su poder, sorprendidos, pues sabían o sentían que era más que un hecho curativo. Pero aún así muchos seguían teniendo miedo, desconfiaban, ese es el miedo mundano del diablo que se torna en celos, ira y rechazo, el miedo que lleva a bloquear el espíritu, a la enfermedad, a la muerte del alma.

Pero Jesús es la vida, es vida abundante, es el motor inagotable de la misericordia, y los que descubren esto no pueden callar, lo tienen que dar a conocer y proclamar, aunque se lo prohíban.

Es el mismo Jesús quien les dijo que no lo publicaran, pero ellos lo difundieron y… ya sabéis hermanos que es lo que pienso al respecto de esto… pienso que Jesús los conocía y nos conoce tan bien, que a veces usa la psicología inversa, sabiendo que lo dirían por todas partes y así se extendería la Buena Nueva de la Salvación y me alegra pensar que sea así, porque es Dios es el que maneja los tiempos, aunque nos pese y no lo entendamos.

Hay que confiar en Él, ¡EFFETÁ! , ¡Abriros!, Abriros a la Gracia de Dios, a la vida en abundancia, despegad.

¡Feliz domingo!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en TÍ confío!

Je prends un instant pour méditer toutes ces choses dans mon cœur (cf Luc 2,19)

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Que vos paroles soient toujours bienveillantes, qu’elles ne manquent pas de sel, vous saurez ainsi répondre à chacun comme il faut. Col 4 : 6

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