Facebook Pixel1.1.- NACIMIENTO- PRIMEROS AÑOS (1596-1611) [0-15 años] - Hozana

1.1.- NACIMIENTO- PRIMEROS AÑOS (1596-1611) [0-15 años]

La mañana del 6 de noviembre de 1596, Dios bendijo a los señores de Matel con el nacimiento de una hija. Como en cualquier familia había que pensar en el nombre. El padre se llamaba Jean, la madre Jeanne y ese mismo día llegaron, como otros días, a la puerta de la casa dos niños pobres que ya conocían la caridad de la señora de Matel. Sus nombres: el niño Jean, y la niña, Jeanne. A quienes según había prometido a Dios, la señora de Matel eligió para ser padrinos de su recién nacida. 

¡Qué casualidad! -podemos pensar- pero no, en las cosas de Dios, no existe el azar, sino su Providencia, que pensó también en ese detalle. El nombre de la niña recién nacida sería JEANNE. Consciente de la importancia de ese nombre, escribió más tarde, «Fui llamada Jeanne [...] que significa gracia, para que yo diga verdaderamente, según el Apóstol, que debo toda mi felicidad a tu gracia: Por la gracia de Dios soy lo que soy (1Cor 15,10). Te suplico que no sea jamás vana en mí, y que permanezca en mi alma para siempre»5. Y Dios que nunca echa en saco roto nuestra oración, la escuchó. 

Nos podemos imaginar la sorpresa de esos dos niños. Quizá no entendieron muy bien lo que estaba pasando, ni lo que significaba ser los padrinos de esa niña. Ellos sólo vinieron a pedir limosna. Es normal preguntarse cuál puede ser el origen de la más que sorprendente decisión de que esos niños fueran los padrinos. En nuestra mentalidad que algo así suceda resulta casi imposible, y suponemos que en esa época eso no era habitual. 

La señora de Matel tenía un gran anhelo de maternidad, el nacimiento de Jeanne fue fruto de las oraciones y promesas de su madre, que vio fallecer, casi recién nacidos, a sus cuatro hijos anteriores. Anhelaba tener un hijo a quien poder educar. Le pidió esta gracia a Dios, y le hizo, entre otras, la promesa de que sus padrinos serían dos pobres, para atraer sobre sus días las bendiciones de San Francisco de Asís, el enamorado de la pobreza. Dios escuchó su oración, y ella cumplió su promesa. 

La familia de Jeanne era originaria de Italia, descendían de la antigua Casa de los Chézard. Su abuelo se trasladó a la corte de Francia, compró un cargo de gentilhombre ordinario de la Cámara del rey, el cual legó, al morir, a Jean Chézard, su hijo mayor. Éste, hombre de carácter, de honor y de valor, llegó a ser capitán de una compañía de caballería ligera, se distinguió por su valentía en importantes batallas, que le proporcionaron el afecto y la admiración de todos, lo que hizo vislumbrar un futuro prometedor. 

Antes de todo, quiso fundar una familia. Compró la tierra señorial de Matel, cerca de Roanne, y se adjudicó su nombre. Supo elegir una gran mujer, la señorita Jeanne Chaurier quien no le aportó títulos de nobleza, sino algo mucho más valioso, notables virtudes, que son los mejores dones del espíritu y del corazón. El ADN de Jeanne de Matelvino cargado del carácter, el honor y el valor de su padre y sobre todo las virtudes de su madre, las cuales le ayudaron a ser una gran mujer como ella. Su madre, fue una mujer de Dios, por la que éste siempre mostró su predilección por ella desde muy joven. Dios no permitió su muerte tras sufrir una grave enfermedad; la abuela de Jeanne, también mujer de fe ardiente, pidió ese milagro que la arrancó de la muerte. Eso fue creando en la señora de Matel un tejido de virtudes y buenas obras, fue una cristiana heroica y particularmente amada por Dios. 

Si la madre de Jeanne fue así, podemos decir de la hija, que de tal palo tal astilla. 

Su caridad fue grande. Cuando conocía una necesidad, buscaba el remedio. Jamás se vio a la señora de Matel desatender a un pobre. Si no tenía dinero para darle, le compartía alguna de sus mejores ropas. 

El señor de Matel no siempre aprobó esa excesiva generosidad, pero admiraba profundamente la virtud de su esposa. Así, cuando ella le propuso ofrecer a Dios algunas promesas, para obtener un hijo que viviera, se unió a ellas de todo corazón. 

Y Dios que siempre da más de lo que le pedimos, les escuchó más allá de lo que pudieran desear. El Maligno, que presintió la grandeza de las misericordias de Dios hacia esta hija de oración, intentó impedir su nacimiento, provocando un accidente que puso en peligro su vida e hizo temer por el hijo que esperaba. 

Pero Dios veló sobre ese fruto de bendición, y seis semanas después, su madre la dio felizmente al mundo, el 6 de noviembre de 1596. Ese mismo día, Jeanne «fue puesta en manos de la inocente pobreza, para recibir el sacramento de la regeneración en la iglesia parroquial de Saint Etienne, de Roanne»7.A partir de ese momento, el padrino y la madrina se convirtieron en huéspedes de la casa, para ser educados en ella en el amor de Dios al lado de su ahijada, hasta que llegaran a la edad de ejercer un oficio. 

Todo Roanne, que conocía el sufrimiento de los señores de Matel por la muerte de sus hijos, compartió con ellos la alegría de ese nacimiento, el motivo de júbilo general fue el presagio de las bendiciones de que esta niña fue objeto8

Podemos decir que desde el principio Jeanne apuntó maneras, que no tardaron en notarse en la singular bondad de su carácter, en su encanto natural y notable precocidad. A los nueve meses caminaba sola y hablaba claramente. 

Fue de admirar el desarrollo y la vivacidad de sus facultades intelectuales. Desde el comienzo manifestó su interés por las cosas de Dios y la gracia incitó en el alma de Jeanne el rechazo total al pecado que conduce a no gozar de la presencia de Dios, y el amor al bien, que hace llegar al cielo, así como el deseo de aprender a orar. 

Su padre no quiso que aprendiera a leer antes de los seis años, para no cargar excesivamente su mente de por sí demasiado activa. Pero se las ingenió para memorizar las oraciones que oía recitar y hasta consiguió que su padre también le enseñara alguna: «Me quedaré contigo con la condición de que me enseñes la oración que dice que Nuestra Señora es el palacio de Jesucristo, y también la de mi buen ángel»9. Desde pequeña su confianza y devoción a la Virgen fueron evidentes. 

Y como en esta vida todo llega, por fin llegó el momento de aprender a leer. Fue tan importante para ella, que escribió en su autobiografía: «Habiéndome prometido mi padre que tan pronto como cumpliera seis años me permitiría aprender a leer, me estremecí de júbilo, cuando supe que los había cumplido. Tú sabes, querido Amor, con qué fervor de espíritu rogaba a santa Catalina virgen y mártir obtenerme la gracia de aprender muy pronto a leer, para tu gloria y para mi salvación. Mi oración fue escuchada, en cuanto a aprender en poco tiempo»10

A través de la lectura, Dios preparó su espíritu para recibir una de las gracias con la que deseó beneficiarla. Encontró unas páginas sueltas de la vida de Santa Catalina de Siena, y las leyó con avidez. Se decía en ellas que la santa practicó los consejos evangélicos. Jeanne dedujo que ésta comprendía el latín, sin pensar que el Evangelio pudo haber sido escrito en otra lengua. Y le dijo al Señor: «¡Si yo entendiera el latín del Evangelio como esta santa, te amaría tanto como ella!»11

No pensó más en eso, pero como siempre Jesús tomó en serio sus palabras, «O Dios de mi corazón, tú no lo olvidaste, esperando hasta el día en que me harías recordar, para tu gloria y gran beneficio mío»12. Para conquistar del todo a este corazón, cumplió la condición pedida, y para ella llegó el momento de darle lo que le prometió, «Tú me recordaste la palabra que te di»13. Y se lo dio sin reservas a lo largo de toda su vida. 

Desde el principio, el tema de los consejos evangélicos estuvo presente en la vida de Jeanne. A los siete años su espíritu quedó cautivado al oír una homilía sobre la virginidad, lo que despertó en ella el deseo de ser virgen. Quiso saber qué hacía falta, se le respondió que no casarse y ella resolvió con firmeza no hacerlo jamás. 

Cuantas cosas dice un niño que no son tomadas en serio porque se piensa que es algo ficticio, pasajero. Lo mismo se podría pensar de Jeanne, que a su edad ese amor a la virginidad sólo era fruto de una fantasía infantil. Pero nada más lejos de la realidad procedía del mismo Dios, Quien desde esa tierna edad hizo germinar en ese corazón puro e inocente el atractivo hacia la disciplina que la ayudó a vivirla más plenamente. A partir de esa época comenzó a ayunar en determinados momentos, «a la edad de siete años, deseaba ayunar la víspera de las fiestas solemnes, lo que obtuve muy fácilmente. Habiendo llegado a los nueve o diez, quise ayunar en la Cuaresma lo que hice con un gran valor, aunque mi intención no fue recta porque tenía una pequeña complacencia y una satisfacción de mí misma. En este mismo año me llevaron una vez al sermón en el que oí decir que las vírgenes seguían al Cordero a cualquier parte que Él fuera»14

Todo eso hizo presentir en esta niña una santidad naciente. El Señor comenzó a dirigir hacia ella su gracia, para hacerla crecer en su amor. 

En una conversación con un padre capuchino, éste vislumbró en Jeanne su valor y generosidad precoz, como signo de una vocación de predilección, entonces la animó a tomar a Jesús como esposo, porque así iba a ser tiernamente amada y favorecida por Él. 

De regreso de hablar con el padre, Dios la hizo sentir, por primera vez, algo extraordinario. No tuvo visión alguna, pero en ese momento el Señor le enseñó cosas admirables acerca del amor de Dios hacia ella, y de los bienes que le reservaba si ella le consagraba su virginidad. Al volver en sí, Jeanne no supo explicar lo que le había pasado, ignoraba qué clase de gracia era lo que había experimentado. 

La novedad de los favores que en el futuro Dios le comunicaría con tanta abundancia, fue lo que a partir de ese instante Jesús se propuso concederle. 

Muy pronto el mundo le disputó ese corazón joven, que Dios ya había reservado para Él, colmó de detalles de ternura su alma virgen, lo que Jeanne sintió fue la felicidad que la esperaría si permanecía totalmente fiel. 

Comenzaron a nacer en Jeanne, algunos rasgos de su espiritualidad, de los que posteriormente hizo partícipe a toda la Orden. Uno de los que primero apareció, fue el rasgo mariano, que la unió cada vez más a la Madre del Verbo Encarnado. También comenzó a vislumbrase el rasgo eucarístico, que marcó de manera especial toda su vida, y creó en ella el vivo deseo de comulgar. El Señor entró por primera vez en ese corazón tan amado, «Habiendo cumplido mis doce años, se me permitió comulgar, lo que fue para mí una grandísima consolación. Comulgué ese año cada mes y a los trece lo hice con más frecuencia; a los catorce, casi cada ocho días»15. A partir de ese feliz día, no tuvo otro deseo que recibirlo y dar su vida por amor a Aquel que se daba todo a ella. 

Leía con gusto la historia de las santas vírgenes y mártires, a quienes deseó imitar; pero Dios le tenía reservado un martirio diferente; lo sufrió sí, pero, no de manos de los verdugos, sino de las del amor y el dolor.

Este texto pertenece a un primer extracto del Libro Tienda de Dios para la Humanidad, Biografía actualizada de Jeanne de Matel, escrita por nuestra hermana Ma. del Carmen Aceituno

Tomo un minuto para meditar todas estas cosas en mi corazón (Lucas, 2:19)

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