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Acto de Abandono

Misericordiosísimo creador y Salvador mío, gracias a ti tengo todo lo que poseo por naturaleza y por gracia. Mi alma y mi cuerpo son obra de tus manos. Si algunas virtudes hay en mí, son efecto de tus misericordias y de gracias que mereciste para mí por tu muerte y pasión. Te entrego y restituyo por deber y por amor todo lo que me has dado por caridad y misericordia. Me abandono y me arrojo ciegamente en el seno paternal de tu divina providencia; me entrego y me someto con un entero e irrevocable abandono de todo mi ser a tu divina voluntad, prometiéndote por voto obedecer hasta la muerte como a ti mismo, a aquél en cuyas manos deposito este abandono. Renuncio desde ahora, con toda la plenitud de mi libre arbitrio, a mis propias inclinaciones, juicios y voluntad; a todos los honores,  riquezas, dignidades y entendimientos; a todas las amistades, parientes y, en general, a todas las criaturas en la medida en que me impidan el ejercicio de este voto y abandono. Aquí estoy, Señor, despojada de toda voluntad, afecto y deseos; ¿qué quieres que haga? No quiero nada, no me aficiono a nada; nada deseo sino tu santísima voluntad. A ti dejo el desear todo para mí. Si quieres que, durante todo el tiempo de mi vida, y después de ella, permanezca entre dolores e ignominias, lo deseo; si quieres que vaya al paraíso, ahí quiero ir; si no lo deseas, tampoco yo. Mi paraíso, mi heredad, mis aspiraciones y mi soberano bien consisten en hacer tu voluntad. La adoro y abrazo con toda la extensión de mis afectos en la ignominia y en la pobreza lo mismo que en la paz y en la prosperidad; en los sufrimientos interiores y exteriores así como en los consuelos y en la alegría; en la enfermedad y en la muerte tanto como en la salud y en la vida.

                Dios de amor y Salvador amabilísimo serás por toda la eternidad el único objeto de todos mis afectos y aspiraciones. No deseo ni ambiciono en el cielo y en la tierra, ni en el tiempo y la eternidad, felicidad alguna sino la que se encuentra en el cumplimiento de tu santa voluntad; Estoy firmemente segura de que no sabré encontrar esta voluntad sobre la tierra mejor que en el amor y honor que te debemos en la muy augusta, amable y adorable Eucaristía. En ella me entrego una vez más como esclava; y como tal, me postro a los pies de tu divina bondad y majestad ocultas en este inefable sacramento.

                Me ofrezco, dedico y consagro por deber y por a ti, mi dulce Salvador y amorosísimo Señor, en tu trono de amor, en tu exceso de amor en esta sacrosanta y divina hostia, a la que adoro y abrazo con todos los afectos de mi corazón; a la que amo con todas mis fuerzas, con todo mi corazón, con toda mi alma y todas mis potencias. Prometo vivir y morir en este amor y trabajar con todas mis fuerzas hasta verter la sangre de mis venas, si se presenta la ocasión, para que todo el mundo conozca, ame y adore este maravilloso misterio de tu amor infinito.

                Renuncio al cuidado de mí misma y de toda otra cosa, deseando que, en el futuro, todas mis preocupaciones, pensamientos, palabras y acciones, sean por amor a este memorial de tu santo amor. Amoroso y muy amable Salvador, concédeme la gracia de cumplir y perseverar indefectiblemente en este amor, voto y abandono, los cuales confirmo y ratifico mediante mi firma en tu presencia y las de la gloriosa Virgen María, del glorioso san José y de mi Ángel Guardián. 

                Para llenar este vacío, recibí el consejo de incluir en él la siguiente copia, sacada del original de los votos que hizo nuestra digna Madre Jeanne Chézard de Matel, piadosísima instauradora y fundadora de la Congregación del Verbo Encarnado, después de haberla escrito con su propia sangre el 14 de junio de 1635.

                Augustísima y adorabilísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo, Jeanne Chézard de Matel, aunque la más pequeña de tus siervas y la más indigna de tus criaturas, confiando en tu divina bondad, movida por el deseo de servirte y de un amor especial a la adorable persona del Verbo Encarnado, Jesucristo, deseando contribuir según mi debilidad a la gloria de su Santo Nombre y de los misterios que obró por nuestra redención; de reconocer la amorosa dilección que le hizo vivir entre nosotros en el Sacramento de la Eucaristía y de honrar la Concepción Inmaculada de la gloriosa Virgen su madre, hago voto a tu divina Majestad, en presencia de la gloriosa Virgen, de su esposo san José‚ y de toda la corte celestial, de perpetua castidad, de vivir y morir en la santa congregación del Verbo Encarnado y de jamás abandonar el designio que plugo a él inspirarme para establecer esta congregación como una orden religiosa en la que el Verbo Encarnado sea perpetua y especialmente servido y adorado.

                Conjuro a tu bondad, por las entrañas de su caridad infinita, por los méritos de la sangre del Verbo Encarnado, por las intercesiones de su purísima madre y de su muy amado padre nutricio, reciba el sacrificio que le hago de mi cuerpo y de mi libertad en olor de suavidad, y me conceda una gracia muy abundante para cumplirlo. Amén. Jeanne Chézard de Matel

                Estos votos fueron pronunciados por nuestra mencionada madre ante el Santísimo Sacramento en la capilla de la congregación del Verbo Encarnado en Lyon, el 14 de junio de 1635, día de la octava de Corpus Christi. Nueve de las hermanas de la comunidad hicieron a continuación voto de castidad y de estabilidad en la congregación, después de lo cual comulgaron, tal como lo había hecho nuestra piadosa fundadora.

Tomo un minuto para meditar todas estas cosas en mi corazón (Lucas, 2:19)

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"Que sus conversaciones sean siempre agradables y oportunas, a fin de que sepan responder a cada uno como es debido". Colosenses 4:6

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