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Sandra Nathalia

Sandra Nathalia en Novena a Santa Laura Montoya por la paz del mundo

Publicación #1Publicada inicialmente el 21 de octubre de 2018

Historia de Santa Laura Montoya

Historia de Santa Laura Montoya

Santa Laura nació en Jericó, Antioquia (Colombia) en 1874 en una familia muy cristiana. Su padre, que era médico y comerciante, murió asesinado cuando ella tenía dos años de edad durante la guerra civil, y su familia quedó en la orfandad y la pobreza.

La infancia de Laura no fue muy feliz. Sus abuelos decidieron, de mala gana, llevársela a vivir con ellos a su finca cerca y allí, dentro de un ambiente un poco hostil, aprendió a gustar de su soledad, y encontró placer ayudando a los demás, como lo hizo con su abuelo a quien cuidó hasta su muerte.

En medio del dolor aprendió la importancia del perdón. Un día Laura le preguntó a su madre qué quién era esa persona por quien ellas rezaban siempre y su madre le respondió que era el hombre que asesinó a su padre, "debemos amarlo porque es preciso amar a los enemigos porque ellos nos acercan a Dios, haciéndonos sufrir”.

Sin embargo, su madre fue tan rígida que la llevó a un estado de inhibición de sus sentimientos: “Mi madre, quizás inconscientemente, presentía el secreto de Dios, pues cuando lloraba yo las pequeñas contrariedades comunes a todos los niños, me decía: no llores por esto ¡guarda tus lágrimas para que más tarde las derrames por algo digno de ellas! Tanta intuición tenía de mi destino, que jamás mimó mis lágrimas: ¡quería hacerme fuerte en todo”.

Su curiosidad por la naturaleza la llevó una mañana a sentir a Dios. Ese momento lo consideró el más bello de su vida. Al observar de niña un hormiguero que quedaba a una cuadra de su casa, quedó fascinada con la carga y traslado que hacían de sus provisiones de hojas. Les quitaba la carga y se complacía llevándoles hojitas hasta la entrada de su hormiguero en la tierra. Así se entretenía hasta que sintió que era herida por el conocimiento de Dios “y de sus grandezas , tan hondo, tan, magnífico, tan amoroso, que hoy, después de tanto estudiar y aprender, no sé más de Dios que lo que supe entonces”.

Viene después en su vida una etapa difícil. Su madre resuelve regresar a Amalfi, a la casa de sus padres y dejarla bajo la responsabilidad de una tía para que asistiera al Colegio del Espíritu Santo, como externa. La tía que la acoge era amargada y de carácter tan fuerte, que la niña le tenía “tal miedo que a cualquier sacrificio me hubiera sometido por no estar con ella. Y a su lado debía vivir”. Encargada la tía de un orfelinato, confía a la niña al cuidado de las huérfanas mayores lo que equivalió a dejarla sola. La tía se guardaba los dineros que le enviaba otro pariente para los gastos de colegio y de vestidos, y la trajeaba con las telas que de limosna mandaban los almacenes. Las demás compañeras la llamaban la Canaria porque desde un principio la veían llegar con vestidos del color de los canarios, de un color que se usaba en la época sólo para colgaduras.

Ya adulta se desempeñó por nombramiento oficial en las escuelas de pueblos pequeños en Colombia, y por ello siguió como maestra la carrera de pedagogía donde como decía ella misma, se dedicó a formar más “el corazón que la cabeza”.

Cuando tenía 30 años un sacerdote le propuso fundar un colegio en la población de Jardín, Antioquia, Colombia y aunque al principio no le sonó la idea , cambio de opinión al saber que en la zona habitaban los indios de Guapa, a los que podía visitar y ayudar con educación, medicinas y provisiones.

Estando en este lugar, la Madre Laura decidió que esta sería su vocación y que quería dedicar el resto de su vida al apostolado. Los indios fueron catequizados y bautizados, y Laura decidió dedicar el resto de su vida al apostolado. Tuvo que también soportar las oposiciones de autoridades y sociedad en general que criticaban que una mujer dedicará su tiempo a este tipo de trabajos. El arzobispo consideraba que Laura era un hervidero de ideas liberales y trató por todos los medios de impedir su empresa misionera con los indígenas de Antioquia.  Así y todo, en 1914 la Madre Laura fundó un grupo misionero, la Congregación de Misioneras de María Inmaculada y de Santa Catalina, para ayudar a la comunidad indígena, ofreciéndoles educación y cuidados médicos.

Preocupada por su ideal, acudió a varias comunidades religiosas tratando de persuadir a las superioras para que aceptaran misiones entre los indígenas. Ante la negativa, escribió una larga carta al pontífice, en la que le exponía la situación de abandono y marginamiento social, político, económico e incluso religioso en que se encontraban los indígenas latinoamericanos. La respuesta le llegó en la encíclica Lacrimabili statu, en la cual el Papa pedía a los obispos americanos "que velasen por el bien material, moral y espiritual de sus indígenas."

Murió en la ciudad de Medellín el 21 de octubre de 1949, tenía 75 años, llevaba casi una década en silla de ruedas y murió sin alcanzar a ser testigo de la aprobación canónica de su congregación. 

Santa Laura Montoya fue instrumento de evangelización primero como maestra y después como madre espiritual de los indígenas, a los que infundió esperanza, acogiéndolos con ese amor aprendido de Dios, y llevándolos a Él con una eficaz pedagogía que respetaba su cultura y no se contraponía a ella. En su obra de evangelización Madre Laura se hizo verdaderamente toda a todos, según la expresión de san Pablo. También hoy sus hijas espirituales viven y llevan el Evangelio a los lugares más recónditos y necesitados, como una especia de vanguardia de la Iglesia. En la actualidad las misioneras de su congregación trabajan en países de América, Europa y África.

El 13 de enero de 2015, el doctor Carlos Eduardo Restrepo estaba a punto de morir en una clínica de Medellín, Colombia, a causa de una enfermedad compleja que le afectó por más de una década el tejido conectivo. Cuando todo parecía perdido, el doctor le relató a diferentes medios de comunicación como al cerrar los ojos, recreó la imagen de la Madre Laura y le dijo: "Madre, ayúdame a salir de este trago tan amargo y yo le ayudo a subir a los altares". Ese día le practicaron una endoscopia pues tenía fiebre a causa de una infección aguda provocada por una perforación en el esófago. Al día siguiente comenzó a experimentar una precipitada y sorpresiva recuperación; 15 días después, cuando le hicieron nuevos exámenes, descubrieron que la perforación había desaparecido.

Cuando se le preguntó al médico por qué la eligió a ella, respondió que no lo sabe y que a diferencia de cómo relatan algunas experiencias cercanas a la muerte, en su caso no vio ningún túnel ni ninguna luz, solo la imaginó y le habló con tranquilidad, para luego dormir tranquilo como hacía mucho tiempo no lo había podido hacer.

La autorización del Papa Benedicto XVI para la canonización de la Madre Laura se confirmó el 20 de diciembre de 2012, siendo la primera persona colombiana reconocida como santa en la Iglesia Católica.

El Papa Francisco inscribió su nombre en el libro de los santos mediante la fórmula canónica en solemne con celebración eucarística en la plaza de San Pedro el 12 de mayo de 2013.


“Esta primera santa nacida en la hermosa tierra colombiana nos enseña a ser generosos con Dios, a no vivir la fe solitariamente –como si fuera posible vivir la fe aisladamente–, sino a comunicarla, a irradia la alegría del Evangelio con la palabra y el testimonio de vida allá donde nos encontremos. Nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo, acogiendo a todos sin prejuicios ni reticencias, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos: Cristo y su Evangelio”. – Papa Francisco

Tomo un minuto para meditar todas estas cosas en mi corazón (Lucas, 2:19)

"Que sus conversaciones sean siempre agradables y oportunas, a fin de que sepan responder a cada uno como es debido". Colosenses 4:6

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